lunes, 7 de septiembre de 2026

Pura Suerte






Pura suerte



Julián tomó la moneda. Una multitud alrededor observaba atentamente. La puso entre sus dedos. Se escuchaban murmullos. Julián tiró la moneda hacia arriba. Mientras la moneda daba vueltas en el aire, la sala se volvió al silencio. Cayó seca en la mesa.

– Otra cruz – dijo Julián.

La sala se llenó de aplausos. Con esa cruz habían sido 300 cruces seguidas. Si bien desde hace 1 año que Julián estaba constantemente recreando esta hazaña y ya no se sorprendían como antes, la gente del pueblo de Onelli se seguía juntando para volverlo a ver. Era demasiado impresionante como para no hacerlo (y la verdad es que tampoco había mucho más para ver en Onelli).

– Pero boludo, decime cómo mierda haces – le preguntó Nicolas.

– Ya te dije mil veces, es pura suerte – respondió Julián.

Era mentira, no era pura suerte. La verdad era que Julián desde hace años que practicaba con esa moneda. Se había vuelto capaz de recordar con exactitud la forma e intensidad de una tirada perfecta que resulte en una cruz. Por eso solo había una moneda con la que podía hacerlo, su infame moneda de la suerte. Si bien a simple vista todas las monedas son iguales, las insignificantes diferencias de peso y forma hacen imposible recrear la tirada con una moneda que Julián no conociese de antemano. Su práctica solo le servía con esa moneda de 2 pesos.

Una vez cesaron los aplausos las personas se empezaron a ir. Algunos se acercaban y le tiraban unos pesos a Julián. Los únicos que se quedaron con Julián eran sus nuevos amigos (los que había conocido después de haber hecho conocida su habilidad). A la vieja de Julián le preocupaban estos nuevos amigos porque eran "mala junta", pero a él poco le importaban como eran vistos ellos por el resto de Onelli. Nunca antes había tenido amigos así, que no lo boludeasen, ellos, Nicolas, Agustín y los demás, lo trataban de ídolo.

Como era costumbre después de volver a ver la hazaña de las 300 cruces, ese grupo se iba a la casa de Nicolas. La conversación, como la mayoría de conversaciones que tenían entre ellos, se centraba en temas que a Julián no le importaban o que poco podía aportar, sobre gente que él nunca había conocido y quilombos que él recién se estaba enterando. Y, sin embargo, le gustaba juntarse con ellos.

Después de un rato, un par de cervezas, a esa hora solían volver todos a sus casas. En el camino de vuelta, que realmente eran como tres cuadras solamente, entre el bolsillo de su campera, en un agujero del que Julián no se había dado cuenta o no le había prestado atención, la moneda de la suerte cayó al piso.

Julián se percató de inmediato de la caída, a pesar del débil sonido. Al darse cuenta del agujero y que no tenía su moneda, la empezó a buscar. Un gran sentimiento de desesperanza invadió a Julián cuando encontró su moneda en el piso.

El día siguiente estaba Julián en la plaza, con sus amigos.

– Dale boludo abrí otra cerveza – lo jodían a Nicolas.

-Solo sí Julián saca una cruz- respondió entre risas Nicolas.

Todos se dieron vuelta a Julián. La interacción se dio de la misma forma que se había dado las mil veces anteriores. Julián puso la mano en el bolsillo, sin ni siquiera pensarlo, sacó su moneda de la suerte, se la mostró a todos, y la lanzó.

Julián por un segundo se sintió aliviado del resultado de la moneda. El grupo estalló en risas, chiflos y aplausos.

– Otra. Otra. Otra. – Empezaron a pedir al unísono.

Julián tomo la moneda de la mesa y la volvió a tirar. Pero esta vez salió cara. El aire del lugar cambió completamente de un segundo a otro. Nunca hasta ese momento habían visto que Julián tire la moneda y que no salga cruz. Estaban todos completamente perplejos ante ese resultado.

– Lo puedo explicar- respondió Julián con una falsa sonrisa intentando reducir la situación-Se me cayó el otro día la moneda y seguramente se abolló un poco. No practique con la moneda así, abollada, pero seguramente si empiezo...–.

– ¿Sos pelotudo? – le cortó la explicación Nicolas –nos cagaste amigo –

Si Julián les hubiera dicho que solamente se le había acabado la suerte, a Nicolas y los demás no les hubiera importado realmente. Pero en su explicación (producto del nerviosismo), al reconocer el truco, a pesar de lo difícil que era, revelaba que no era tan especial lo que había pasado, como ellos estaban creyendo desde hace meses. Y revelaba que Julián había mentido con eso todo ese tiempo.

– Pero no es fácil. Estuve mucho tiempo para poder hacerlo– intentando Julián justificarse a sí mismo.

– Pero no es suerte, amigo. No es lo mismo. – respondió – ¿Cuanta plata te dimos? Nos debes todo eso. Nos cagaste. Lo tenes que devolver ahora –

Pasaron 5 meses desde eso. Julián sin la plata que le daba el truco de la moneda y con las deudas a pagar, estaba trabajando en un kiosco "La vereda". Trabajaba desde 9 a 6 ahí. Pero cada día se volvía más y más difícil. No solo era el aburrimiento de estar sentado ahí 8 horas ahí viendo la vida pasar. Atendiendo a gente que como mucho le decía buenos días y a veces ni eso. Con las mismas compras de siempre, viendo las mismas personas, los mismos productos, los mismos cambios.

Su único entretenimiento era seguir probando tirar monedas, monedas mayoritariamente del cambio de las compras, para intentar mejorar la precisión de su tirada. Habilidad que cada día perfeccionaba más. Pudiendo dado una moneda cualquiera, después de un día de practica, tener una tirada con una enorme precisión para cualquiera de los dos lados (al menos 70% después de un día). Habilidad que en cualquier otro lado se vería como lo impresionante que realmente era pero que en ese pueblo a nadie le importa. Si Julián se hubiera ido de ahí a alguna ciudad quizás podría haber conseguido éxito recreando la hazaña (sin ni siquiera tener que mentir con su origen). Pero ni él se daba cuenta de lo sorprendente y única que era esa capacidad.

Pero más que eso, Julián sentía que la vida le debía más. Después de haber saboreado los aplausos, trabajar como un vecino más del pueblo le resultaba insípido. Veía a sus compañeros, a sus clientes, y se veía a él, uno más, y le resultaba terriblemente amargo. Ya no podía aguantar más.

Con lo poco que ganaba apenas podía mantenerse a sí mismo, sin ninguna aspiración a nada más. Sí seguía así, iba a vivir toda su vida en Onelli intentando pagar las deudas, que parecía a este ritmo que nunca iban a desaparecer, durmiendo en la casa de su vieja. Su vieja no le paraba de repetir "Te lo dije", que sus viejos amigos no eran de fiar y que, como se vio, le dieron la espalda en el momento en el que se reveló el truco. Y aún peor ahora lo extorsionaban todos los días con la plata que debía (que Julián seguía pensando que había ganado justamente).

Ese día, el 3 de septiembre, Julián no pudo ir a trabajar. Simplemente no quería levantarse. Viendo lo desesperante de su situación y viendo su vieja moneda de la suerte, completamente inútil ahora, se le ocurrió una idea.

Se levantó, se vistió, y salió de su casa. Pero en vez de ir a "La Vereda", fue para el lado contrario de la calle, hacía la casa de Nicolas (que realmente estaba a 2 cuadras del kiosco solamente). Le tocó la puerta. Nicolas le abrió.

– ¿Que queres? – Le preguntó secamente, sin un buenos días ni un hola.

Con la nueva capacidad de poder aprender como tirar las monedas con un poco de practica, la idea era comenzar tirando a suerte e ir adaptando su tirada para mejorar sus chances. Era algo nuevo para él porque nunca había dejado sus tiradas a la suerte, pero sí empezaba bien, aún sin una precisión absoluta podría lograr recrear esa hazaña.

– Dame una moneda. Esta vez sin truco. No conozco la moneda. No practique con ella. Esta vez sí está todo dejado a la suerte –

Nicolas lo dejo pasar. En living estaban todos sus antiguos amigos tomando mates. Lo único que faltaba a esa imagen tan típica para Julián era él en la ronda, callado escuchando a los demás hablar. Pero ahora estaban enfrentados. Ellos estaban sorprendidos de volver a verlo a él ahí. Sus miradas en conjunto le hacían poner muy nervioso a Julián.

Nicolas busco una caja que estaba en la repisa, la abrió y saco un juego de generala completo. De los 6 dados sacó uno y se lo dio a Julián.

– Esta vez no va a ser tan fácil. Vas a tirar un dado y quiero que salgan todos 6 –

La situación de Julián se había vuelto mucho más difícil. No solo no tenía referencia de como tirar un dado porque nunca lo había practicado. Sino que sí intentaba solo tener suerte, sus probabilidades se habían reducido 3 veces. El hito original ya era lo suficientemente difícil pero el nuevo reto se sentía imposible.

Tomó el dado y lo tiró. Un 6. Bueno, era suerte. Otro 6. Bueno, no es imposible. Cuando llegaron a 50, probablemente todas las personas de Onelli entre 16 y 18 años se habían enterado y lo estaban viendo. Cuando llegaron a 150 de las mil personas que viven en Onellli no creo que haya habido una persona ahí ese día que no haya estado al tanto de lo que estaba pasando.

Cada nuevo dado que tiraba Julián se sentía que podía ser el último. Que iba a salir disparado, iba a dar 3, y todos se iban a ir decepcionados del espectáculo y que Julián iba a quedar como un boludo. Pero ese momento, esa decepción, nunca llegaba.

La gente le traía nuevos dados, dados pequeños, grandes, rectos, chuecos, viejos, nuevos. Julián tiraba de formas novedosas, lo tiraba lejos, lo tiraba cerca, lo tiraba para atrás, y todas salían 6.

En el futuro los matemáticos dirían que lo que paso ese día en Onelli fue imposible. Si uno hace los cálculos (1/6)300 el resultado es tan bajo que sí cada átomo en el universo intentara hacer lo mismo, lo más probable es que no se consiguiera. Por más absurdo que parece plantear una conspiración en todo Onelli (dado a la cantidad de testimonios independientes sobre el hecho) o una habilidad asombrosa de Julián para poder conseguir ese resultado (nunca antes vista en la humanidad y no replicada ni por el mismo Julián), es tan poco probable la hazaña original que es más probable cualquier situación absurda antes de creer lo que pasó en realidad.

Y, sin embargo, esa baja probabilidad es solo un número, es solo un modelo, son solo palabras al aire. Lo cierto es que, si uno tira un dado, no hay nada intrínseco al dado que le impide sacar 6 si saco 6 suficientes veces antes. Cada vez que uno tira el dado las probabilidades se mantienen uniformes. El dado siempre puede sacar 6. Da igual las tiradas que vengan antes o después. Si el dado quiere sacar 6, lo va a hacer. Es la diferencia entre lo imposible y lo improbable.

Julián nunca pudo recrear la hazaña por más que lo intenté una y otra vez, otra prueba que realmente sí fue por suerte y no por ningún truco. Con la plata que hizo ese día se tomó unas vacaciones del pueblo, pero una vez esa plata se terminó y sin poder repetirlo, tuvo que volver a su trabajo en el kiosco. Aunque su situación en realidad no cambió mucho (nunca se volvió a juntar con su viejo grupo de amigos), ahora no le molestaba tanto tener que trabajar en "La Vereda".

miércoles, 11 de septiembre de 2024

Enclave en Malvinas (1985)

 Enclave en Malvinas (1985)

 

Para justificar una residencia inglesa permanente vivimos varios meses en Inglaterra. Luego fuimos turnándonos para desembocar en las islas Malvinas, en el puerto argentino ubicado en el oeste de Soledad. Yo fui uno de los primeros en llegar. La primera vez que escuché el nombre Falklands en mi juventud nunca pensé que su conflicto se volvería tan central en mi vida. Su nombre tampoco representa su grandeza. Doce mil kilómetros cuadrados parecen poco en un mapa, pero a escala humana es gigante, especialmente por la poca densidad poblacional. Si contamos el mar que los ingleses reclaman como parte de la isla (200 mil kilómetros en total), y los últimos censos poblacionales antes de que nosotros lleguemos (3 mil personas), hay una persona cada sesenta kilómetros cuadrados. En resumen, Soledad es un buen nombre para la isla, y en más de una ocasión los pingüinos fueron mi mejor compañía.

Los keplers nunca fueron hostiles hacia nosotros, a pesar de que fuera obvio el motivo de nuestra estadía en “su” territorio. Tuve más de una conversación amena con algunos de ellos entre tés y mate. A pesar de lo mucho que me lo recalcaran, nunca les vendí el cuento de la cultura propia kepler y que no fueran simplemente colonos ingleses.

Personalmente me es muy difícil creer que, viviendo en un país del primer mundo, haya muchos ingleses muertos de ganas por mudarse a unas islas antárticas alejadas de todo. Si hay tres mil ingleses viviendo en esas islas es porque a Inglaterra le ayuda a su reclamo de soberanía. Tanto nosotros, los argies, como ellos, estábamos atrapados en esas islas por la misma razón, supongo que por eso congeniamos bien. Discutir entre nosotros tampoco resolvería ningún conflicto ni llevaría a ningún lado.

El nombre de las islas tampoco representa lo áspero de su clima. Aunque era legal que viviésemos ahí, no lo era construir casas. Dormíamos en carpas, prácticamente a la intemperie. Nuestra dieta se basaba en productos enlatados que traían desde Buenos Aires. Era difícil la vida, pero en las noches más largas y solitarias más palpable se volvía mi propósito. Recordaba que a mil kilómetros había millones de personas en mi patria apoyándome.

Los soldados se los recuerda por prestar su muerte por la nación, yo en cambio estaba prestando mi vida. No había un segundo desde que llegue a Soledad donde no fuera evidente donde estaba y el porqué. Diez años de frio y soledad estuvimos ahí. Por Dios, Diez años ya son suficiente tiempo como para poder recibir una ciudadanía inglesa, que por evidentes razones nunca nos la darían.

No todo era sufrimiento. Me gustaba mucho el sonido de las olas y el olor del mar. Me parecían relajantes. Los cigarros Jockey Club que me traían junto a las raciones también me ayudaban. Sin el tabaco tal vez no hubiera aguantado lo que aguante ahí. Un par de veces por error me trajeron Malboro, esos meses fueron lo más cerca que estuve de volverme a La Pampa.

Había un compañero argentino que había traído un Walkman. Junto a las raciones todos los meses, también le llevaban cualquier casete que quisiera. La mayoría de su música no la entendía, pero en los parlantes de ese Walkman descubrí a Sumo. Cantamos al unísono cientos de veces “Waiting for 1994” y demás hits.

Una noche de abril una carta nos llegó desde Buenos Aires; era la transcripción de la auditoría. Las tres mil personas que estábamos ahí nos sentamos en ronda para escuchar atentamente los detalles del caso Argentina v. Inglaterra. Un hombre, Gonzalo Saavedra, iba salteando libremente hojas de aburridos detalles judiciales hasta llegar a cualquier mención de nuestra existencia.

Se aclaro la garganta. Todos nosotros nos callamos. Gonzalo empezó a hablar.

-Esto lo está diciendo el abogado inglés: “Por el derecho de autodeterminación, deberíamos dejar al pueblo malvinense determinar su propia forma de gobierno, y, por ende, de que estado quiere ser parte. Y desde siempre, el pueblo Kepler quiso seguir perteneciendo a Inglaterra.”

Responde el abogado argentino: “Desde siempre no, desde hace al menos diez años que la población argentina creció sustancialmente en las islas Malvinas. Los últimos censos hechos de manera independiente confirmar que poco más del cincuenta por ciento de los habitantes de Malvinas quieren ser parte de la Nación argentina.”-

Todos empezamos a aplaudir.

- “Sin embargo, esos supuestos habitantes de las Malvinas fueron implantados ilegalmente en una tierra que no les pertenece por el gobierno argentino con él único propósito de fortalecer el caso de soberanía argentina. Muy diferente a la cultura malvinense que sí tiene una cultura distintiva y que se podrían llamar propiamente un pueblo con el derecho de autodeterminación, que viven ahí genuinamente y no con él único propósito de servir como argumento”-

Hubo un silencio sepulcral. Nuestra existencia había sido refutada. Habíamos vivido diez años de miseria y dolor para que un argumento hubiera hecho todo nuestro esfuerzo completamente inútil. En criollo, habíamos gastado dies años al pedo.

Una gran desesperación nos invadió a todos ahí. ¿Y ahora que vamos a hacer? ¿Qué nos queda? ¿Volver a nuestra patria con las manos vacías? ¿Con un sacrificio inútil?

Sin embargo, Gonzalo no había terminado todavía. Una sonrisa se dibujó en su rostro, y retomo la lectura –“Ese argumento es completamente circular, aun suponiendo que es cierto. Suponiendo que Argentina implanto a esas personas en las islas ¿Inglaterra no hizo exactamente lo mismo con los ingleses implantados en el 1850? Solo se podría creer que Argentina lo hizo ilegítimamente sí se asume a priori que las Malvinas son legítimamente inglesas, que es justamente lo que se debate en este caso. En todo caso, no se podrá determinar hasta que haya una sentencia. Es una falacia de alegato especial.

Y sobre el argumento del abogado sobre que fueron implantados por el gobierno argentino, es una afirmación sin evidencia alguna y que se debería desestimar. Como también se debería el argumento de la falta de cultura propia argentina en las islas, que además de no haber sido respaldado por ninguna evidencia, también es altamente subjetivo”
Después de esto no se habla más sobre el tema –

Todos nosotros aplaudimos. Algunos chiflaron.

Habíamos sido reivindicados por el fiscal. O los Kepler viven en las islas de forma ilegitima, o los argentinos viven de forma ilegitima, pero eso solo se podrá determinar en el juzgado y, por ende, usar a cualquiera de los dos como argumento era absurdo. Nuestra existencia volvía eso imposible de ignorar. La presencia de los Kepler en la isla ya no podía ser utilizada como defensa por Inglaterra. Era justamente al revés de como yo pensaba, nosotros refutamos la existencia de los Kepler. Sea como sea que resulte el juicio correspondiente, los diez años no fueron un desperdicio. Creamos un argumento razonable y eso debe valer para algo.

Nunca me lleve especialmente bien por mis compatriotas que acompañaron en las islas Malvinas, pero ese día festejamos todos.

El último mes ahí no fue tan insoportable. Con el juicio teníamos algo para hablar y por fin sabíamos que el fin ahí estaba cerca (con el juicio celebrado, era innecesaria nuestra presencia). Una de esas últimas noches soñé que venían soldados ingleses a matarnos. Por suerte fue solo un sueño y que si nos mataban, iba a ser más difícil el caso de la ocupación inglesa. Además que podría volverse un escandalo mucho mayor.

Volvimos en tandas como habíamos venido. Yo fui de los últimos en irme. La ausencia de mis compatriotas se sintió mucho los últimos días. Sin la constante conversación las olas se escuchaban mas y el aire se sentía más limpio sin la respiración de tres mil personas.

Llegue a Buenos Aires. Me tome un colectivo hacía Santa Rosa. Puede ser que este exagerando pero los minutos en el colectivo fueron más largos que cualquier otro minuto en la isla. No podía aguantar mas las ganas de volver a ver a mi vieja.

Me fue a buscar a la estación y me manejo hacía su casa. Hace años que no la veía. Mucho había cambiado en esa casa y mucho mis recuerdos me fallaban. Ese día charlamos de todo.

En la tele se hablaba muchísimo de las Malvinas, con el juicio sin resolución todavía. También obviamente se hablaba mucho de nosotros (nuestra presencia en las islas). La mayoría como era de esperarse nos trataban como héroes, aunque no todos. Para algunos, tal vez con ganas de llamar la atención, éramos pelotudos, para otros victimas (Para mi sorpresa, ahora se podía opinar así en la tele). El eterno debate de la soberanía también estaba mas candente que nunca.

Nunca me perseguí por esas opiniones negativas. Una vez que ya paso todo, realmente no me importaba si fue inútil todos los años ahí. Me sentía feliz de haber sido parte de la historia, y haberlo sido de una manera pacifica. Y por suerte siempre fueron una minoría las opiniones negativas. Siempre que se lo contaba a alguien me lo felicitaba. Y en los asados toda mi familia me aplaudía. Gracias a eso nunca volví a pagar la carne.


miércoles, 27 de diciembre de 2023

Curiosidad histórica ocurrida en mayo del '75.

Curiosidad histórica ocurrida en mayo del '75.


Gonzalo me había invitado al café de a dos cuadras de mí casa hace un par de días. También me había hecho saber que era fundamental que esté ahí sin demora alguna y que era algo de muchísima importancia para él. Por supuesto fui en tiempo y forma.

—  Calculo que no sabrás porqué te invité acá — Me dijo él.

Y en efecto lo desconocía.

— Después de una larga investigación, concluí que Panicucci iba a tomar un café hoy en este mismo local en la mesa enfrentada a la nuestra —

¿Fabio Panicucci? Pensé yo. Y en efecto, estaba hablando de ese Panicucci. Ni yo ni Gonzalo éramos muy activos en la política. Claro que yo y él teníamos ciertas ideas de las que hablábamos como dos amigos cualquiera hablan de política. Y claro, los dos compartíamos ciertas ideas, y calculó yo por eso fue por lo que me invitó en primer lugar. Pero ni yo ni él éramos revolucionarios.

— Tengo un fierro en el bolsillo de mi campera. Lo planeó matar hoy. Te recomiendo que una vez que él entre al local vos te retires. Sí te quedas acá es probable que tu vida se arruine para siempre —

Le pregunté por sus razones.

— Estaba volviendo a ver la entrevista el otro día en la tele, y me di cuenta de que el loco mintió. La mentira concreta no era muy importante, si lo fuera Soto se la hubiera remarcado ¿Viste? Pero la mentira era descarada. Cualquiera que supiera del tema o investigué lo que los políticos dicen sabría en el acto que Panicucci había mentido. Y ahí me di cuenta que Panicucci no era como los otros políticos. Te guste o no lo que va a hacer a la Argentina, no paro de decir mentiras así desde que se metió en la política. Panicucci no cree en lo que dice, los dos sabemos esto muy bien. Pero no es solo eso, él es malvado. Sus ideas son malvadas, pero él no las tiene por convicción, eso es lo peor. Yo sé que sabe tanto como yo y como vos que son malvadas, porque se nota. Y puede ser que mi voto no valga una mierda y qué lo más probable es que lo pinten encima como yo y vos sabemos que ellos lo están haciendo. Pero yo no solo tengo una boleta, tengo también un fierro en el bolsillo de la campera —

Todo esto me pareció una aberración en el momento en el que lo oí. Y no por una moral anticuada, sino porque era un muy mal calculo. Supongamos que el boludo de Panicucci entra en el poder, sus ideas nefastas van a fracasar, y entonces hay esperanza de algo nuevo con las masas decepcionadas de lo que se vendio en campaña. Pero si Gonzalo mata a Panicucci entonces le entrega a su partido político un arma enorme; un mártir. Tal vez los paganos vean en el asesinato de una persona como una refutación de sus ideas, como una demostración de su debilidad. Pero el paganismo fue reemplazado, y fue reemplazado por un mártir que resuena dos mil años después de su muerte. Y tal vez peor que eso, le sirve en bandeja de oro a los votantes de Panicucci una excusa: “Sus ideas no eran malas, sino que no se pudieron concretar. La persona que reemplazó a Panicucci no estaba a la altura. Pero podemos volver a probar, y tengo la persona indicada para eso”.

Y, sin embargo, nunca le podría explicar nunca a Gonzalo todo esto. Porque resulta que Gonzalo es el tipo de persona que sigue creyendo en la moral antigua. Su razonamiento para matar a Panicucci no servía ningún propósito fuera de qué Panicucci merecía morir. El asesinato de Panicucci es un fin en sí mismo.

Y por eso intenté otro razonamiento.

Primero hablé de la santidad de la vida humana.

— ¿Y cuantos inocentes van a morir si Panicucci gana? Y te aseguro que él no es ningún inocente — 

Después le hablé a Gonzalo de lo bueno que era la democracia, de lo bueno que era poder votar y lo bueno que el pueblo se pueda expresar en la boleta cada cuatro años. Y de que todo eso era bueno incluso aunque el pueblo este equivocado, porque la democracia era un fin en sí mismo.

— Me sorprende de vos, che. ¿Vos crees que a Panicucci le importa la voluntad del pueblo? No, viejo, él ya se cagó en la democracia en el momento en el que entro en la campaña sin creerse una sola palabra que salió de su boca. Y además ¿Qué garantía tiene el pueblo que Panicucci haga todas las cosas de las que habló en campaña? ¿Realmente crees que va a cumplir lo que nos prometió? ¿Y como lo podría hacer con todo lo que se contradijo con sus propuestas? Si Panicucci quiere ahora defenderse diciendo que él es quien va a representar el pueblo, no se hubiera cagado tanto en nuestra confianza en primer lugar —

Le dije que todos los políticos mienten y que así era la política. Él me dijo que nadie mentía tan descaradamente como Panicucci, y que, si la democracia era tal mentira, entonces se debía hacer algo al respecto.

Si yo creyera en la moral antigua, tal vez lo podría haber convencido. Pero no pude.

— Tal vez te sorprende que un hombre con una moral tan impoluta como la mía cometa una atrocidad así, pero no debería. Los hombres como yo nos podemos permitir sacrificarlo todo, incluso nuestra propia moral, por lo que es justo —

Y entonces entró Panicucci, Gonzalo me susurró que me fuera.

En ese instante entendí lo pequeño que era yo comparado con el mecanismo que era el mundo, y me volví el mártir que tanto se celebra en Occidente y que tanto me repugna. Me interpuse entre Gonzalo y Panicucci. Hubo un revuelo enorme en el local. El único boludo que resultó herido fui yo. A Gonzalo lo arrestaron en el acto.

viernes, 11 de agosto de 2023

Los ojos del gato negro

Los ojos del gato negro. 


“Tengo un problema, un pequeño y gravísimo problema, que se extiende infinitamente en mi vida y afecta cada aspecto de ella. El problema comienza así, o por lo menos, así sería una introducción a él en modo de narración; supongamos que es jueves, el jueves 25 de mayo más concretamente, es decir, para aquellos que leen este escrito alejado temporalmente de su producción, ese día sería ayer. Yo me despierto, me levanto, salgo a la calle a trabajar, y tres cuadras antes de llegar, me encuentro a un gato negro, el gato negro me mira y sale corriendo. A pesar de que esta narración solo narre realmente un día de mi día, 25 de mayo, a pesar de eso, quiero que la piensen como si abarcara cada día de mi vida. Es decir, el jueves 25 de mayo era un ejemplo, de una generalización que me ocurre cada día de mi vida, el jueves 25 de mayo era simplemente una herramienta para mostrarle al lector (¡usted!) como es un día cualquiera de mi vida, y más tristemente (como verán ahora), como lo son todos. Volvamos a la narración del jueves de 25 de mayo; el problema al que apuntaba y del cual quería narrar se encuentra en este último detalle que tal vez el lector (¡usted!) ya se olvidó, y es porque en esencia, es un pequeño problema, pero también de lo más terrible. El gran problema proviene de aquel gato negro, ya que como todos deben saber; encontrarse con un gato negro es como ser hechizado por una bruja. Yo en mi juventud tenía cierto agnosticismo a tales dichos populares, ese tipo de agnosticismo que cree que todo puede (probablemente) explicarse mediante una explicación natural, y qué, sin embargo, se cuida de no romper ningún espejo. Y, sin embargo, heme aquí, no se cuando ese gato negro entro en mi vida, solo sé que mi vida ha empeorado desde entonces. Cuando me di cuenta lo insufrible que se había vuelto vivir, buscando cualquier respuesta, recordé a aquel gato negro, o por lo menos, comencé a ponerle atención. Y aquí lo peor de mi problema, donde radica la mayor atrocidad que la suerte ha ejercido sobre mí; imaginemos ahora que no es el jueves 25 de mayo, sino el viernes 26 de mayo, estoy cansado de un día horrible causado por mi mala suerte (que usted, el lector, ahora sabe de dónde proviene), ya el hechizo del gato negro se esta terminando, pero como un chiste de un mal gusto, el hechizo utiliza todas las fuerzas restantes para darme el dedo medio antes de irse definitivamente. Y así, la mala suerte organiza el mundo y el destino para devolverme el gato negro, y ahí está, nuevamente el gato negro en esa esquina a 3 cuadras de mi trabajo, me observa por unos segundos y sale corriendo. Todos los días son así; el gato negro me hechiza con mala suerte, y esa mala suerte me hace encontrarme de nuevo a el gato negro, y este me hechiza una vez más, ad infinitum. “

El escrito termino y el hombre satisfecho con su trabajo, se levanto de su silla y fue a trabajar un día más (En su camino, como ya narrado, se volvió a encontrar al gato, pero esta información es redundante). Llego a la gran maquinaría, toco botones, movió perillas y acciono palancas, con ningún efecto visible, visible para él al menos. Termino su jornada y el hombre recorrió la gran pared lleno de nombres de sus antepasados, en esos nombres radicaba su atisbo de trascendencia. Creía que, si no la visitaba al menos una vez por semana, sus progenitores tampoco se molestarían en leer su nombre. Así su lectura servía como una suerte de intercambio, en reconocer al pasado para ser reconocido en el futuro.

En aquella caminata, volviendo a su trabajo, se encontró al gato negro. El gato negro estaba moribundo y en su izquierda se encontraba un cuchillo, tal organización de objetos, con un propósito tan evidente, denotaba cierta intención y propósito, la propia maldición del gato. Y así fue como el hombre pensó:

“Cometer asesinato o no cometerlo, en los dos me pierdo a mí mismo. O me rindo ante la maldición y ejecuto lo que ella quiere de mí, y en consecuencia perder mi propia voluntad en mis acciones dejándolas a merced por el infinito, y lo peor, permitiendo el acto inmoral, el asesinato de un inocente, en tal perdida. O tomar la única otra opción y dejar que mañana sea como hoy, como si nada hubiera pasado, ahora con una maldición validada por mi mismo y desaparecer en la eternidad de sus consecuencias. O lo uno o lo otro, o perderme a mi mismo ante la voluntad de lo infinito o proteger la eternidad, infringírmela a mí mismo y vivir para ella hasta morir. No me importa o lo uno o lo otro, sea lo que sea, no puedo discutir ante lo que me supera infinitamente.”

viernes, 21 de octubre de 2022

Reductio Ad Absurdum

Reductio Ad Absurdum



Después de una vida de dedicarse fervientemente a la teoría de las matemáticas, una vida inmiscuida a las interminables demostraciones junto a todos los necesarios axiomas que estaba tan obsesionado con develar, una vida que llevaba con el mayor orgullo por los inerrantes libros que había escrito y que solo una parte minúscula de la población podía darse el lujo de entender, ahora había concluido en comparación en un punto de su vida en donde simplemente no puede permitirse seguir aquella vía, al contrario, ahora reside en un momento mucho más calmado, en donde no requiere exigirse a sí mismo lo que alguna vez se exigió. Las noches de insomnio en donde una demostración le oponía resistencia y él se privaba del sueño hasta poder terminarla se habían acabado para siempre, ahora que operaba y deducía a partir de conceptos inmensamente más simples. Pero no sé equivoquen, Jonathan Ramos no se contenta con ser un mero profesor, al contrario, excede en su trabajo, en sus clases explica las matemáticas con cierta rigurosidad que solo una figura como él podría hacerlo, sus alumnos terminan sus jornadas no solo entendiendo el cómo opera la matemática sino por qué se opera de la forma que lo hace. En su primera clase, Jonathan Ramos comenzó con una pregunta que mucho de sus alumnos nunca se habían planteado a pesar de su experiencia previa en el campo –¿Qué tan reales son las matemáticas? Díganme, ustedes que creen ¿los números existirán en la realidad o solo en la mente? – Sus alumnos tardaron en dar una respuesta, muchos de ellos ni siquiera entendieron la pregunta en primer lugar, pero aquellos que sí y se lo cuestionaron por algunos minutos lo que nunca se habían imaginado en preguntar llegaron a cierta cercanía a las matemáticas, a aquello que realmente significaban, que hubiera sido imposible sin la rigurosidad de Jonathan Ramos.

Hoy no fue un día para nada excepcional para el profesor, al menos no lo era hasta ese momento, había llegado a su casa, se prendió un habano y estaba en su escritorio trabajando felizmente en su campo. A pesar de la superficial irrelevancia de este día, había cierta irregularidad, una pregunta que desde hace varias horas está dando vueltas en la mente de Jonathan Ramos y no quiere salir. El día de hoy uno de sus alumnos le había mostrado un ejercicio matemático, a pesar de que no había ningún error evidente, había en esa hoja oculta una rareza que Jonathan Ramos no comprendía y a la que ni siquiera podía apuntar, pero que, sin embargo, le hacía ruido a su instinto matemático. Tomo una de sus hojas, uno de sus lápices y una goma, y replico paso por paso el ejercicio únicamente mediante su memoria - ¿Qué es lo que tenemos acá? - reviso cada paso con exhaustividad, pero no parecía haber ningún problema con ninguno de los pasos dados – ¿Qué es lo que me está perturbando entonces? – alejo un poco la vista de la hoja y empezó a revisar el problema holísticamente en vez de a sus cálculos individuales –Acá está el problema– tomo una segunda hoja y empezó a operar a partir de lo que había escrito su alumno.

-Eureka- Había encontrado aquello que le perturbaba tanto de esa resolución. Los cálculos de su alumno implicaban la proposición 1=0; ya había descubierto el absurdo. Él comprendía instintivamente que la aparición de un absurdo se debía necesariamente en algún error previo, luego, se podía descartar sin problemas la demostración de su alumno y nadie se molestaría si efectivamente lo hiciera, pero él, en su rigurosidad que lo caracterizaba, dio un paso más allá. Empezó a rastrear la demostración del absurdo y a buscar el error que permitía la implicación en primer lugar. Pero no había nada. Leyó, opero, dio vueltas cada proposición del derecho y del revés, y no había error alguno. Tomo una tercera hoja, escribió paso a paso todo, desde la ejecución de su alumno hasta la demostración del absurdo, todas las proposiciones e implicaciones, todas eran lógicas, todas seguían los axiomas matemáticos, todas eran correctas, todas eras necesarias. Suma, resta, división, multiplicación, sumatorias y exponentes, todas las operaciones escritas eran operaciones básicas que no permitían la posibilidad de error; la demostración inequívocamente era correcta.

Agarro una hoja, y otra, y otra, diez hojas en total, y nada, ese error no se mostraba, se ocultaba demasiado bien en las proposiciones.

El puro se había terminado ya, Jonathan Ramos se dio un descanso, un descanso que tal vez hace algunos años no se habría permitido, salió de su estudio y empezó a calentar una pava.

Caminaba en la cocina dando vueltas de un lado para otros, su caminata parecía estar a ritmo de un compás, sus pasos parecían aritméticamente calculados. Su mente estaba perturbada y no podía parar de preguntar ¿Qué significa esto? ¿Cuál es el error y por qué no lo encuentro? Y sin embargo su espíritu estaba feliz. Recordaba con nostalgia las noches en donde esto era la norma y no la excepción. No obstante, no estaba disconforme con su vida actual y, al contrario, le hacía inmensamente feliz poder volver a estos momentos de vez en cuando. Él comprendía también instintivamente que el absurdo era imposible y que sí las operaciones resultaban en él es porque debía de haber algún error todavía no descubierto, solo que se había ofuscado demasiado en el problema y necesitaba darse un momento para aclarar su mente y poder enfrentarse a él con una nueva mentalidad. Ya se había atrapado en demasiados problemas así como para no conocer esta verdad fundamental a la hora de enfrentar estos desafíos. El mate que se estaba sirviendo nunca falló en estos momentos para poder permitirle un momento de paz y tranquilidad antes de volver a la lucha. A pesar de que su cuerpo y espíritu estuvieran tranquilos, su mente seguía perturbada por algo, algo que no podía comprender y que, sin embargo, le aterrorizaba, ese sentimiento no podía calmarse y su mate solo podía ayudarle hasta cierto punto.

Entró nuevamente al estudió, inspirado y decidido en librarse finalmente de esa extraña demostración, pero inmediatamente se chocó contra un muro. Seguía sin ver el error, incluso peor, ahora con su mente calma sabía que lo que estaban leyendo sus ojos era correcto, conocía todas las reglas de las matemáticas de memoria, conocía el cómo y el por qué los números se comportan de la forma que lo hacen y justamente por eso sabía que la demostración no contenía imperfección alguna. Tomo la undécima hoja, pero no pudo escribir nada, no había nada más que podría hacer, la arrugo y la desecho. Estuvo una hora más en ese estudio, incapaz de avanzar en lo más mínimo. Jonathan Ramos estaba completamente paralizado, ya había hecho todo lo que podía hacer y la proposición sigue ahí escrita, inamovible, invariable. El absurdo persistía: uno es igual a cero.

Tomo el valor y finalmente se preguntó - ¿Y si uno es igual a cero? – Tomo la duodécima hoja del día y empezó a operar, desde una nueva mentalidad y sin prejuicios de lo que sus razonamientos podrían llevarle. Desarrollo lo mejor posible cada hipótesis, justifico cada paso y a cada justificación la justifico una por una, todo tenía que ser perfecto, no debía haber espacio al error, no debía existir la mera posibilidad de error, y todo eso llevaba, ahora indudablemente, a la proposición “1=0”.

Observo todos los libros en su repisa con una nueva mirada, una mirada confundida, trastornada incluso. En cualquier otro momento no había otra cosa que le produzca más respeto y admiración que el trabajo de esos matemáticos a los que rezaba por algún día alcanzar, pero ahora mismo solo leía un absurdo, un inmenso e interminable absurdo.

Con una de las cerillas, con la cual había prendido hace un par de horas el habano, Jonathan Ramos prendió fuego su escritorio, junto a él, prendió fuego todas sus hojas y todos los libros que tenía. Despreciaba la matemática, la despreciaba por ser incoherente, por ser absurda, por ser contradictoria, por no ser nada, y por, en definitiva, no significar nada. Cada hoja de todos los libros que había comprado y escrito ahora eran insignificantes para él, solo describían falsedades y herejías, palabras cuyo único contenido eran ellas mismas, palabras atrapadas en un laberinto que existía solo dentro de su propia trampa dialéctica y en donde escapar no tenía valor ni mérito. Las matemáticas eran falsas, toda su vida había estudiado la nada misma, una realidad meramente aparente, había estudiado la ausencia de toda verdad, la imposibilidad de la verdad, en donde uno y uno eran dos, y a su vez, eran tres, y cuatro, y cinco, y toda proposición era igualmente verdadera.

Estaba librado de la mentira de la matemática, se había descargado de un enorme peso de encima. Estaba preparado para mañana llegar a la universidad que lo había acogido con tanto cariño y exponer a cada uno de sus alumnos la demostración de 1=0, demostrarles a todos la absurdes de los números, exponer la gran verdad de la matemática que tantos genios han pasado por alto, y más importante, advertirles a aquellas mentes jóvenes en usar su inteligencia en cualquier otra cosa. Incluso estaba fantaseando con comenzar desde cero en un nuevo campo del conocimiento, un campo, esta vez, consistente consigo mismo. Hace bastante tiempo estaba interesado en la medicina, como también lo estaba en la psicología, y estaba seguro que podría aportar inmensidad de cosas a cualquiera de esas áreas si se esforzaba y le dedicaba lo que alguna vez le dedico a la matemática, pero esta vez con descubrimientos que signifiquen algo y de los que poder enorgullecerse.

Pero, una nueva idea paso por la cabeza de Jonathan Ramos mientras observaba el lápiz negro que había usado hasta ese momento -Un lápiz ¿Por qué un lápiz? Un lápiz ¿Por qué no dos? Un lápiz ¿Por qué no tres, o cuatro, o cero? Un lápiz. No comprendo lo que mis ojos me están enseñando, no entiendo nada de lo que estoy viendo-

Comenzó a caminar por su casa, confundido –¿Qué significa que uno sea cero? No comprendo que puede significar. Mi mente no sé puede adherir a esa idea tan simple, me encuentro incapaz de conceptualizarlo, simplemente soy incapaz de concebirlo a un nivel básico, ni siquiera puedo pensar en un esbozo del mismo ¿Cómo uno puede ser cero? ¿Cómo yo puedo ser la nada absoluto y simultáneamente ser el infinito? ¿Cómo todo puede ser simultáneamente el todo y la nada misma? Cuando afirmo con seguridad que uno sea igual a cero, no estoy diciendo nada, no puedo estar diciendo algo, es una verdad que se me escapa, es una oración que para mí carece de información, una afirmación meramente inocua, y, sin embargo, una oración que es verdad, lo sé muy bien, uno es igual a cero, y aunque no lo pueda comprender, tengo pavor de lo que implica, tengo pavor de lo que pueda significar-

Tomo un par de hojas que quedaban de su habitación y empezó a contar cada elemento de su casa, empezó a contar los vidrios, los muebles, las ventanas, cada paso que daba, cada uno lo anoto en la hoja correspondiente. Una vez termino empezó a operar, empezó a hacer ecuaciones a partir de esos números, comenzó a restarlos, dividirlos, multiplicarlos, cada ventana restada era una ventana rota, cada hoja dividida era una hoja partida a la mitad, junto a eso empezó a escribir igualdades, con ello operaba ecuaciones. Una vez logro realizar esas operaciones comenzó a hacer demostraciones complejas, incluso demostró nuevamente la igualdad entre uno y cero. Todo el sistema de ecuaciones en el que había convertido a su casa, todo funcionaba como debía, todo tenía sentido, cada suma y cada resta eran consecuentes consigo mismos y con el sistema con el que estaba interactuando, no había error alguno. Él se había abstraído de la verdad a la que quería escapar, y por esos momentos fue feliz, fue feliz de ver todos los números simplemente funcionando en conjunción, todos formando un sistema perfecto sin ambigüedades ni contradicciones, un sistema que describía perfectamente la realidad. Estaba orgulloso de lo que había creado, y, sin embargo, nada de lo que había escrito tenía sentido, porque uno era igual a cero.

Toda la casa ya abstraída en números y ecuaciones ahora parecía paradójica, parecía un sinsentido, toda ventana, todo mueble, todo lápiz, todo paso dado, nada de eso podía ser porque contradecía la verdad fundamental que ahora reinaba el universo por sobre todas las cosas – Soy solo un hombre– se lamentó el matemático – Soy solo un hombre en un mundo paradójico, un mundo que rechaza todo lo que creo y todo lo que quiero creer. Soy la contradicción de la paradoja, y sin embargo en este mundo absurdo se permiten las contradicciones  

El cuerpo de Jonathan Ramos estaba vivo, su espíritu estaba intacto, pero su alma estaba rota. A sus sentidos le llegaba información, a sus ojos colores, a su piel tacto, pero para Jonathan toda esa información no podía estar haciendo referencia a nada, a nada que tuviera sentido al menos. Jonathan Ramos se había vuelto incapaz de interpretar la más básica de las realidades del mundo externo, ahora para él eran solo sensaciones carentes de su contexto, significantes que sin embargo no apuntaban a ningún significado. Así mismo, su mente se había vuelto incapaz de razonar, después de haberse inmiscuido en la igualdad entre uno y cero, todo razonamiento parecía ininteligible.

Murió un par de días después por inanición. Algunos doctores lo analizaron en profundidad, pero ninguno de ellos entendió la causa de su comportamiento. La demostración de la proposición “1=0” fue incinerada por las llamas. Algunos matemáticos buscando cualquier información útil en las ruinas que quedaban de la casa de Jonathan Ramos se encontraron escrito “1=0” en un par de hojas, pero ninguno de ellos comprendió lo que significaba. La inequívoca demostración de la igualdad entre uno y el cero se perdió para siempre. El universo entero se salvó de su contradicción gracias al fuego.

sábado, 8 de octubre de 2022

Preludio: el Final de un amor

  Preludio: el Final de un amor



Los dos amantes entraron en aquella habitación. Por supuesto, aún ignoraban las fatales consecuencias que tendría lo que para ellos había sido un acto inocuo. La habitación contenía características particulares que la separaba de las demás; si dos personas entraban en ella, solo una podía salir. En otras palabras, esa noche uno de ellos iba a morir, y la decisión de cuál de los dos sería estaba en sus manos.

Ella resolvió la pregunta sin pensarlo demasiado: estaba más que feliz sacrificándose por el amor de su vida. Él, por el contrario, se percató de la verdadera oscuridad que entrañaba la decisión y, a su vez, entendió la responsabilidad que acarreaba, pues solo él se había dado cuenta de cuál era el verdadero sacrificio que debía realizarse esa noche. Concluyó, en su reflexión, que el verdadero privilegiado no iba a ser quien saliera vivo de ese lugar, sino aquel de los dos que muriese y, por eso mismo, era él quien debía sobrevivir. En su sacrificio apócrifo, su amada moriría en completa gloria por aquella persona a la que más amaba, y en el momento en el que más la amaba. Una vez la vida de los dos empezó a correr peligro dejaron de importar todas las peleas y las inseguridades; todas aquellas complejidades que componen una relación humana de ese calibre ya no existían. En ese momento, en ese sacrificio, en esa decisión, el amor lo trascendía todo. Dicho amor se había inmortalizado, se había vuelto intocable e infinito, pues, si los dos hubieran sobrevivido aquella noche, el mismo se habría disipado con el pasar de los años; se habría tornado tedioso y aburrido. Pero en el momento en que entraron en esa habitación el amor transcendió fuera de todo tiempo y espacio, y ella, en su privilegio, moriría en la presencia de un amor eterno o, incluso mejor, siendo aquel amor la causa activa de su muerte ¿Y quién no moriría felizmente por tal gloria, en dicha felicidad eterna? ¿Qué desalmado rechazaría morir por aquello único que en verdad importa? La única persona que podía realizar semejante sacrificio era él. Pero, ¿por qué rechazaría tan gloriosa forma de terminar con su vida? La razón era ella. Él la amaba demasiado y no podía permitirse lastimarla.

Así, de entre los dos, él se condenaba a una vida vacía y sin sentido, una vida lejos de la persona que más ama, una vida llena de constantes preguntas y un terrible recuerdo que nunca lo dejará en paz: el recuerdo de haber sido el asesino del amor de su vida. Ni siquiera el suicidio se hallaría disponible como escape, en tanto que su sacrificio no estaría completo si eligiera acabar con su vida una vez saliese de la habitación. Después de todo, sería lo último que ella quisiera el que su muerte resulte en vano, y que la vida que con tanto amor le regaló a su esposo resulte en un desperdicio. Así, el verdadero sacrificio solo estaría completo una vez que él aproveche la vida que aquella noche le fue obsequiada, y una vez que pueda darle utilidad a la muerte de su amada. La última implicación, el último sacrificio, su último deber —y, tal vez, el más difícil de todos— sería, eventualmente, el tener que olvidarla. La única forma de ser feliz después de ese momento era olvidándose de ella y no recordándola nunca más. Su último deber era abandonarla para siempre, pero no por su propio deseo, sino por ella, y para complacer aquel deseo por el que ella murió. Y él está más que dispuesto a hacerlo, porque su amor es más fuerte que cualquier adversidad presente.

Obviamente, para que el sacrificio tuviera sentido, su amada no podía saber nada de esto. Debía morir en paz pensando que fue ella la que se sacrificó por él, y no al revés. Antes de que ella se pueda percatar de su propio egoísmo, un puñal se enterró en su estómago. A pesar de que los dos lloraban por el final de su amor, los dos eran felices.


domingo, 12 de junio de 2022

El Misterio del Cubo Eterno (Variación Final)

El Misterio del Cubo Eterno (Variación Final)


Cuando los humanos ya habían sido extinguidos, cuando ya el universo no daba más de sí ya, en un momento donde toda pizca de energía presente ya había sido consumida por el espacio y el tiempo, quedaba una ultima evidencia de lo que una vez fueron, un cubo eterno que existía en el pasado y en el futuro, enterrada en el mismo lugar en el que fue enterrada. Nadie supo que ocurrió con esta especie, se mantuvo un misterio sí su las teorías sobre su alma eterna eran correctas y sí una vez abandonado el mundo terrenal habían trascendido a un nuevo plano de existencia liberados de el sufrimiento de la carne. Pero algo era seguro, y es que el cubo eterno iba a persistir la muerte del universo, junto a la historia de Socrates y su muerte aún escrita en sus paredes en un idioma ya inentendible para siempre.

Pura Suerte

Pura suerte Julián tomó la moneda. Una multitud alrededor observaba atentamente. La puso entre sus dedos. Se escuchaban murmullos. Julián ti...