Pura suerte
Julián tomó la moneda. Una multitud alrededor observaba atentamente. La puso entre sus dedos. Se escuchaban murmullos. Julián tiró la moneda hacia arriba. Mientras la moneda daba vueltas en el aire, la sala se volvió al silencio. Cayó seca en la mesa.
– Otra cruz – dijo Julián.
La sala se llenó de aplausos. Con esa cruz habían sido 300 cruces seguidas. Si bien desde hace 1 año que Julián estaba constantemente recreando esta hazaña y ya no se sorprendían como antes, la gente del pueblo de Onelli se seguía juntando para volverlo a ver. Era demasiado impresionante como para no hacerlo (y la verdad es que tampoco había mucho más para ver en Onelli).
– Pero boludo, decime cómo mierda haces – le preguntó Nicolas.
– Ya te dije mil veces, es pura suerte – respondió Julián.
Era mentira, no era pura suerte. La verdad era que Julián desde hace años que practicaba con esa moneda. Se había vuelto capaz de recordar con exactitud la forma e intensidad de una tirada perfecta que resulte en una cruz. Por eso solo había una moneda con la que podía hacerlo, su infame moneda de la suerte. Si bien a simple vista todas las monedas son iguales, las insignificantes diferencias de peso y forma hacen imposible recrear la tirada con una moneda que Julián no conociese de antemano. Su práctica solo le servía con esa moneda de 2 pesos.
Una vez cesaron los aplausos las personas se empezaron a ir. Algunos se acercaban y le tiraban unos pesos a Julián. Los únicos que se quedaron con Julián eran sus nuevos amigos (los que había conocido después de haber hecho conocida su habilidad). A la vieja de Julián le preocupaban estos nuevos amigos porque eran "mala junta", pero a él poco le importaban como eran vistos ellos por el resto de Onelli. Nunca antes había tenido amigos así, que no lo boludeasen, ellos, Nicolas, Agustín y los demás, lo trataban de ídolo.
Como era costumbre después de volver a ver la hazaña de las 300 cruces, ese grupo se iba a la casa de Nicolas. La conversación, como la mayoría de conversaciones que tenían entre ellos, se centraba en temas que a Julián no le importaban o que poco podía aportar, sobre gente que él nunca había conocido y quilombos que él recién se estaba enterando. Y, sin embargo, le gustaba juntarse con ellos.
Después de un rato, un par de cervezas, a esa hora solían volver todos a sus casas. En el camino de vuelta, que realmente eran como tres cuadras solamente, entre el bolsillo de su campera, en un agujero del que Julián no se había dado cuenta o no le había prestado atención, la moneda de la suerte cayó al piso.
Julián se percató de inmediato de la caída, a pesar del débil sonido. Al darse cuenta del agujero y que no tenía su moneda, la empezó a buscar. Un gran sentimiento de desesperanza invadió a Julián cuando encontró su moneda en el piso.
El día siguiente estaba Julián en la plaza, con sus amigos.
– Dale boludo abrí otra cerveza – lo jodían a Nicolas.
-Solo sí Julián saca una cruz- respondió entre risas Nicolas.
Todos se dieron vuelta a Julián. La interacción se dio de la misma forma que se había dado las mil veces anteriores. Julián puso la mano en el bolsillo, sin ni siquiera pensarlo, sacó su moneda de la suerte, se la mostró a todos, y la lanzó.
Julián por un segundo se sintió aliviado del resultado de la moneda. El grupo estalló en risas, chiflos y aplausos.
– Otra. Otra. Otra. – Empezaron a pedir al unísono.
Julián tomo la moneda de la mesa y la volvió a tirar. Pero esta vez salió cara. El aire del lugar cambió completamente de un segundo a otro. Nunca hasta ese momento habían visto que Julián tire la moneda y que no salga cruz. Estaban todos completamente perplejos ante ese resultado.
– Lo puedo explicar- respondió Julián con una falsa sonrisa intentando reducir la situación-Se me cayó el otro día la moneda y seguramente se abolló un poco. No practique con la moneda así, abollada, pero seguramente si empiezo...–.
– ¿Sos pelotudo? – le cortó la explicación Nicolas –nos cagaste amigo –
Si Julián les hubiera dicho que solamente se le había acabado la suerte, a Nicolas y los demás no les hubiera importado realmente. Pero en su explicación (producto del nerviosismo), al reconocer el truco, a pesar de lo difícil que era, revelaba que no era tan especial lo que había pasado, como ellos estaban creyendo desde hace meses. Y revelaba que Julián había mentido con eso todo ese tiempo.
– Pero no es fácil. Estuve mucho tiempo para poder hacerlo– intentando Julián justificarse a sí mismo.
– Pero no es suerte, amigo. No es lo mismo. – respondió – ¿Cuanta plata te dimos? Nos debes todo eso. Nos cagaste. Lo tenes que devolver ahora –
Pasaron 5 meses desde eso. Julián sin la plata que le daba el truco de la moneda y con las deudas a pagar, estaba trabajando en un kiosco "La vereda". Trabajaba desde 9 a 6 ahí. Pero cada día se volvía más y más difícil. No solo era el aburrimiento de estar sentado ahí 8 horas ahí viendo la vida pasar. Atendiendo a gente que como mucho le decía buenos días y a veces ni eso. Con las mismas compras de siempre, viendo las mismas personas, los mismos productos, los mismos cambios.
Su único entretenimiento era seguir probando tirar monedas, monedas mayoritariamente del cambio de las compras, para intentar mejorar la precisión de su tirada. Habilidad que cada día perfeccionaba más. Pudiendo dado una moneda cualquiera, después de un día de practica, tener una tirada con una enorme precisión para cualquiera de los dos lados (al menos 70% después de un día). Habilidad que en cualquier otro lado se vería como lo impresionante que realmente era pero que en ese pueblo a nadie le importa. Si Julián se hubiera ido de ahí a alguna ciudad quizás podría haber conseguido éxito recreando la hazaña (sin ni siquiera tener que mentir con su origen). Pero ni él se daba cuenta de lo sorprendente y única que era esa capacidad.
Pero más que eso, Julián sentía que la vida le debía más. Después de haber saboreado los aplausos, trabajar como un vecino más del pueblo le resultaba insípido. Veía a sus compañeros, a sus clientes, y se veía a él, uno más, y le resultaba terriblemente amargo. Ya no podía aguantar más.
Con lo poco que ganaba apenas podía mantenerse a sí mismo, sin ninguna aspiración a nada más. Sí seguía así, iba a vivir toda su vida en Onelli intentando pagar las deudas, que parecía a este ritmo que nunca iban a desaparecer, durmiendo en la casa de su vieja. Su vieja no le paraba de repetir "Te lo dije", que sus viejos amigos no eran de fiar y que, como se vio, le dieron la espalda en el momento en el que se reveló el truco. Y aún peor ahora lo extorsionaban todos los días con la plata que debía (que Julián seguía pensando que había ganado justamente).
Ese día, el 3 de septiembre, Julián no pudo ir a trabajar. Simplemente no quería levantarse. Viendo lo desesperante de su situación y viendo su vieja moneda de la suerte, completamente inútil ahora, se le ocurrió una idea.
Se levantó, se vistió, y salió de su casa. Pero en vez de ir a "La Vereda", fue para el lado contrario de la calle, hacía la casa de Nicolas (que realmente estaba a 2 cuadras del kiosco solamente). Le tocó la puerta. Nicolas le abrió.
– ¿Que queres? – Le preguntó secamente, sin un buenos días ni un hola.
Con la nueva capacidad de poder aprender como tirar las monedas con un poco de practica, la idea era comenzar tirando a suerte e ir adaptando su tirada para mejorar sus chances. Era algo nuevo para él porque nunca había dejado sus tiradas a la suerte, pero sí empezaba bien, aún sin una precisión absoluta podría lograr recrear esa hazaña.
– Dame una moneda. Esta vez sin truco. No conozco la moneda. No practique con ella. Esta vez sí está todo dejado a la suerte –
Nicolas lo dejo pasar. En living estaban todos sus antiguos amigos tomando mates. Lo único que faltaba a esa imagen tan típica para Julián era él en la ronda, callado escuchando a los demás hablar. Pero ahora estaban enfrentados. Ellos estaban sorprendidos de volver a verlo a él ahí. Sus miradas en conjunto le hacían poner muy nervioso a Julián.
Nicolas busco una caja que estaba en la repisa, la abrió y saco un juego de generala completo. De los 6 dados sacó uno y se lo dio a Julián.
– Esta vez no va a ser tan fácil. Vas a tirar un dado y quiero que salgan todos 6 –
La situación de Julián se había vuelto mucho más difícil. No solo no tenía referencia de como tirar un dado porque nunca lo había practicado. Sino que sí intentaba solo tener suerte, sus probabilidades se habían reducido 3 veces. El hito original ya era lo suficientemente difícil pero el nuevo reto se sentía imposible.
Tomó el dado y lo tiró. Un 6. Bueno, era suerte. Otro 6. Bueno, no es imposible. Cuando llegaron a 50, probablemente todas las personas de Onelli entre 16 y 18 años se habían enterado y lo estaban viendo. Cuando llegaron a 150 de las mil personas que viven en Onellli no creo que haya habido una persona ahí ese día que no haya estado al tanto de lo que estaba pasando.
Cada nuevo dado que tiraba Julián se sentía que podía ser el último. Que iba a salir disparado, iba a dar 3, y todos se iban a ir decepcionados del espectáculo y que Julián iba a quedar como un boludo. Pero ese momento, esa decepción, nunca llegaba.
La gente le traía nuevos dados, dados pequeños, grandes, rectos, chuecos, viejos, nuevos. Julián tiraba de formas novedosas, lo tiraba lejos, lo tiraba cerca, lo tiraba para atrás, y todas salían 6.
En el futuro los matemáticos dirían que lo que paso ese día en Onelli fue imposible. Si uno hace los cálculos (1/6)300 el resultado es tan bajo que sí cada átomo en el universo intentara hacer lo mismo, lo más probable es que no se consiguiera. Por más absurdo que parece plantear una conspiración en todo Onelli (dado a la cantidad de testimonios independientes sobre el hecho) o una habilidad asombrosa de Julián para poder conseguir ese resultado (nunca antes vista en la humanidad y no replicada ni por el mismo Julián), es tan poco probable la hazaña original que es más probable cualquier situación absurda antes de creer lo que pasó en realidad.
Y, sin embargo, esa baja probabilidad es solo un número, es solo un modelo, son solo palabras al aire. Lo cierto es que, si uno tira un dado, no hay nada intrínseco al dado que le impide sacar 6 si saco 6 suficientes veces antes. Cada vez que uno tira el dado las probabilidades se mantienen uniformes. El dado siempre puede sacar 6. Da igual las tiradas que vengan antes o después. Si el dado quiere sacar 6, lo va a hacer. Es la diferencia entre lo imposible y lo improbable.
Julián nunca pudo recrear la hazaña por más que lo intenté una y otra vez, otra prueba que realmente sí fue por suerte y no por ningún truco. Con la plata que hizo ese día se tomó unas vacaciones del pueblo, pero una vez esa plata se terminó y sin poder repetirlo, tuvo que volver a su trabajo en el kiosco. Aunque su situación en realidad no cambió mucho (nunca se volvió a juntar con su viejo grupo de amigos), ahora no le molestaba tanto tener que trabajar en "La Vereda".
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